Te podría decir que encontré el amor en el supermercado, en el aparcamiento de un centro comercial, o en una cafetería. Pero esos sitios especiales están ya reservados para actores de películas.
Conocí al amor de mi vida mientras estaba en Twitter. No te rías, en unos años esto será cliché. Hay muchas parejas que se conocen por internet, y sí, tiene su riesgo, pero como opinión personal, es una forma bonita de enamorarse. Porque te enamoras antes de la personalidad de esa persona que por su físico.
La cuestión es, María me siguió porque coincidíamos en que nos gustaba una misma banda, y así empezó nuestra amistad. En el momento, yo aún vivía en España, pero ambas en puntas distintas del país.
Pasamos meses y meses hablando, y enamorándonos silenciosamente y sin darnos cuenta. Cuando llegó el verano, María y su familia fueron a mi ciudad para pasar las vacaciones, y así nos pudimos conocer en persona en una tarde soleada, en una plaza al lado del mar. Romántico, ¿verdad?
La primera vez que le vi en persona solo conseguía pensar en "*-*", y me puse nerviosa, resultando en que no pude controlarme y hablaba demasiado, sin parar. En serio. Fue vergonzoso.
Mientras estábamos en aquella plaza, hablando de cosas totalmente sin sentido, pasando el rato juntas, me pillaba a mí misma mirando fijamente a los detalles de María. El color de sus ojos, sus hoyuelos, su sonrisa, y principalmente el contorno de sus labios. Y no lo entendía, a mí no me gustan las chicas, ¿que hago yo mirando la boca de mi amiga sin parar de preguntarme como debe de ser besarle???
Aquella noche me cuestioné mi sexualidad sólidamente hetero. Estaba muy confusa y no tenía nadie que me pudiese aconsejar sobre eso. Otro problema reciente, era que no sabía como hacerle ver a María que quizás quisiese mucho, como demasiado, besarle.
Para aquel entonces, María y yo sabíamos que mi viaje a mi país de origen estaba marcado y el billete comprado. Lo que implicaba que hubiese una despedida más adelante. Pensar así me rompía el corazón a trocitos. Pero era inevitable. Cuando me distraía, mi mente iba directamente a María y no conseguía dejar de hacerme preguntas.
"¿Le gustaré? ¿Qué hago para estar con ella? ¿CÓMO ES QUE ME GUSTAN LAS CHICAS? ¿Soy gay? ¿Por qué ella me hace sentir cosas así? ¿Por qué no puedo dejar de pensar en ella? ¿De verdad que soy gay?"
Estaba a punto de volverme loca. Y María, mientras tanto, se portaba tan dulce conmigo, confundiéndome aún más.
Pensé bastante sobre el asunto, principalmente el debate sobre mi sexualidad. Dos meses antes de eso le había jurado a mi madre que era hetero, ¿ironías del destino? Quizás.
Después de meditarlo bastante, y llegar a absolutamente lugar alguno, decidí que no importaba. Que ser gay, ser heterosexual, o cualquier otra etiqueta, no es nada más que eso. Una etiqueta. Ser gay o no, no me define como persona, no va a cambiar quien soy. Decidí que no quería ser gay, ni heterosexual, yo solo quería ser Anna, y ser feliz con la persona que me amase, independientemente de lo que esa persona sea. Y lo que mi corazón me pedía a gritos era María, y nadie más que ella.
~ANNA